La epidemia más antigua nos sigue matando

La epidemia más antigua nos sigue matando

             La epidemia más antigua nos sigue matando

Por Laura Ríos* | INESI

El último 8 de marzo fue el día número 68 de este 2020. Apenas empezábamos a vislumbrar este escenario de encierro en nuestro horizonte cercano y en esa cantidad de tiempo ya se habían producido 63 feminicidios, según el Observatorio de las violencias de género “Ahora que si nos ven”. ¿Es necesario escribir otra vez esos números desnudos, fríos, que no las nombran, que no cuentan sobre los rostros de nuestras muertas, que no nos dicen qué hacían, si tenían para comer, qué música les gustaba escuchar, qué cosas las hacían reír? Me lo pregunto mientras escribo.

Obviamente (está a la vista), tenemos que mostrarlos otra vez, desmenuzarlos, volver sobre nuestros modos de relacionarnos. Pero también necesitamos, ante el recrudecimiento de la violencia machista, ante la naturalidad con que nos matan, que las cifras alarmantes de feminicidios sean el motivo más que suficiente para que el Estado declare una situación de emergencia. Necesitamos que frenen la pandemia de mujeres muertas. No es suficiente con lo que organizadas en redes podemos hacer, con que nos acompañemos y estemos juntas, con lo que trabajadoras (muchas veces en situaciones de precarización) realizan diariamente desde sus lugares de trabajo. Necesitamos que se traduzca en acción el silencio que nos rodea.

Cuando llegó el encierro obligatorio ante la posibilidad de contraer COVID-19 se agravaron las situaciones de violencias. No era la calle ni la ropa que teníamos puesta, no era la osadía de viajar solas o salir de madrugada: nos siguen matando. Según los datos de “Ahora que si nos ven”, desde el 20 de marzo (día que inició el aislamiento social, preventivo y obligatorio) hasta el 10 de mayo, hubo 49 feminicidios y feminicidios vinculados de mujeres y niñas. El 78 por ciento de los casos se produjeron en los hogares de las víctimas.

Y es que nos matan todos los días. Domingos, lunes, martes, feriados. Cuando el sol brilla y te hace picar la nariz, cuando esperamos que pase el aguacero, con lunas llenas, rosadas, menguantes. Adentro de nuestras casas, en la calle. Cuando lloramos, cuando celebramos, cuando somos felices, cuando sufrimos en silencio.

Nos matan cuando no hay virus, cuando hay cuarentena social obligatoria. Nos matan jóvenes, casi niñas, adultas, ancianas ya. Nos matan desocupadas, apenas pudiendo con el hambre, profesionales exitosas, en el inicio de nuestra carrera laboral, mientras esperamos ansiosas que el trámite jubilatorio llegue a su fin. Nos matan y hablamos tres idiomas, planeamos un viaje, sumamos con los dedos, nos matan cuando somos crudamente analfabetas en este 2020 que nos confina a encuentros virtuales.

¿De qué nos reímos?

Cuando inició el aislamiento social, la circulación de imágenes con un ingrediente de violencia que buscaba aferrarse y ser normalidad fue voraz y llenó las pantallas. Vimos mujeres con la boca tapada, la dolorosa inclusión de las infancias como parte del equipo que colocaba a las mujeres en ese lugar, hombres pidiendo ayuda disimuladamente. No son un chiste las mujeres atadas a la silla porque no las “aguantás más” en cuarentena o los que piden ayuda para que saquen a sus mujeres convivientes de la casa porque ellas hablan demasiado o les piden que se dediquen al trabajo doméstico. Es, aun cuando en algunos casos los chistes se reproducen de un modo inconsciente, reírse de las víctimas de violencia.  ¿En serio a algunas personas eso les causa gracia?

Sin ánimo de hacer de esto una moralina berreta acerca del humor, es necesario revisar de qué nos reímos. Antes de que alguien pregunte: estoy convencida que hay un montón de cosas sobre las que nos podemos seguir riendo sin reproducir modos violentos de relacionarnos. Y basta un ejemplo harto conocido para mostrar lo que se logra instalar a través de la risa: “El humor es hermoso hasta que hace que generaciones y generaciones y generaciones creamos que todos los gallegos son imbéciles. Es necesario sellar prejuicios y empaquetarlos con un moño”, dicen Soledad Escoubué, Eva Cabrera y Paula Eder, quienes integran Poca Soda, un grupo de mujeres que en Paraná hacen humor en formato podcast. “El humor misógino de los 90 ya fue. Por suerte hay una contracultura que está pudiendo reírse de otra cosa que años antes no estaba” agregan y sostienen: “nos reímos como desafío, como visibilización de esta mierda”. Porque también reírse es político.

“Hoy cambió el paradigma y hay cosas de las cuales no nos podemos reír” largó, categórica, la actriz Erica Rivas días atrás, ante los comentarios públicos que se dieron tras su despido del elenco de la serie Casados con hijos. Y es que la violencia es una cadena que se forma con eslabones groseros de pequeñas acciones, algunos casi imperceptibles donde la muerte es el último enlace.

Y es que nos siguen matando. Nos matan como una pandemia inmoral, política, cultural, social que parece no tener fin. Nos matan y nos vuelven a matar todos los días. En los últimos días Lorena, Ludovica, Julieta, María Esperanza. Antes habían sido Romina, Camila, Priscila, Jesica, Olga, Brenda, Guadalupe, Octavia, Agustina, Fátima, un rosario interminable de nombres desparramados en toda la Argentina. Cada día que me llevó escribir esto, la lista se volvió mayor.

Estamos HARTAS. Aunque con decirlo no alcance para que paren de matarnos.

*Laura Ríos, viene del campo de la comunicación, trabaja en actividades destinadas a jóvenes, vinculadas al mundo de la lectura y la escritura y forma parte del Equipo INESI.

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